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Para mi papá

Jun 20
5 min read

(Al final de este blog encontrarán el audio, para que lean acompañados si así lo prefieren)


En la adultez me he dado cuenta de que hay un sin fin de cosas que se ven en retrospectiva, casi todo el tiempo, en muchos escenarios, pero sobre todo cuando nos vinculamos. Y con “retrospectiva” me refiero a cuando llega un momento que nos hace pensar que antes veíamos una situación de una forma distinta a cómo la vemos hoy, a cómo se transforma ese momento en una intención o propósito diferente. 



Luego de muchos años de terapia, me di cuenta de que, en muchos aspectos de mi vida, vi con mucho dolor la ausencia o intermitencia de mi papá. Me dolía la vida cada vez que mis amigas en el colegio hablaban de sus papás, los describían con unas características similares a las de un superhéroe: hablaban de ellos como si fueran una especie de salvador y protector, como alguien que en mi cabeza no existía, y eso dolía. 


Dolía aunque viniera de una versión ficcionada de lo que es un papá, dolía porque sabía que en esa ficción había un poco de realidad, de verdad, de genuinidad, pero sobre todo un poco de amor, uno intenso, presente y expansivo. Yo solo quería que eso me rodeara, que fuera parte de mí y no solo escucharlo en otras voces. Quería contarlo con mi voz y saber cómo se sentía. 


No sé cuántos deseos gasté en mis cumpleaños, pidiéndole al universo que algo cambiara, que por fin llegara eso que tanto esperaba. Durante años creí que bastaba con cerrar los ojos, soplar las velas y desearlo lo suficientemente fuerte. Como si la vida pudiera doblarse ante una plegaria milagrosa. 


Pero llegó la adolescencia y algo se rompió. Todo empezó a sentirse distinto. La espera dejó de ser inocente y se convirtió en rabia. Ya no era esa niña que creía que los deseos viajaban a algún lugar mágico donde alguien los escuchaba. Entendí que la vida no funcionaba así, que crecer también era descubrir que hay cosas que no llegan solo porque las sueñas. Entonces, los deseos de cumpleaños seguían siendo los mismos, pero ahora con un remitente distinto. 


La necesidad ya no tenía el rostro de una figura paterna, sino el de alguien que me amara lo suficiente como para hacerme sentir completa. Yo creía que alguien iba a llegar a resolverlo. Que después de haber cargado tanto tiempo con esa ausencia, el amor tenía la obligación de compensarme. Que era justo recibir, al fin, todo aquello que me había faltado. 


Y quizás por eso amé desde la urgencia, desde la ilusión desesperada de sentir que esta sí era alcanzable, que esta vez alguien sí iba a quedarse. Pero la vida no funciona bajo las reglas de nuestras heridas. La justicia no aparece porque algo nos haya dolido demasiado y entender eso toma tiempo. Muchísimo tiempo. Pero me hace bien pensar que ese “muchísimo tiempo” no tuvo que ser toda la vida. 


Retrospectiva. 

Ahora, cuando pienso en todo lo que sentí, pero también en todo lo que he logrado entender para mirar mi historia desde otro lugar, algo cambia dentro de mí. Cuando pienso en retrospectiva, ya no me observo únicamente desde la herida. Durante mucho tiempo creí que explicarme desde el dolor era la única manera de entenderme, pero también descubrí que vivir desde ahí me hacía repetir patrones con distintos nombres y distintos rostros. 


Porque aunque los brazos cambiaran, el propósito siempre parecía ser el mismo: intentar llenar un vacío que nadie más podía resolver por mí.


Y de nuevo, cuando miro hacia atrás, en retrospectiva, también me doy cuenta de algo importante: mi papá hizo muchísimas cosas maravillosas mientras estuvo en mi vida. Y creo que el dolor ocupó tanto espacio, que olvidé mirar todo aquello que sí existió, todo el amor que también supo dar a su manera. 


Gracias a él tuve mi primer perrito, uno de los sueños más grandes que teníamos mi hermana Dani y yo. Recuerdo la emoción inmensa de cumplir ese deseo y entender que había sido posible por él. Nos hacía reír muchísimo. A veces nos abrazaba de la nada. Nos llevaba a parques increíbles donde, por unas horas, se nos olvidaba todo aquello que a veces dolía. Nos limpiaba los tenis para ir al colegio -más blancos no podían quedar- y planchaba nuestra jardinera con una dedicación casi absurda, porque siempre ha sido un loco por tener la ropa perfecta, y aunque pareciera algo pequeño, hoy entiendo cuánto valor tenía todo esto. 


Quizás crecer también significa aceptar que una persona puede haber dejado heridas y, al mismo tiempo, recuerdos profundamente hermosos. Que el amor no siempre llega de la forma perfecta que uno necesita, pero aun así deja momentos que siguen viviendo dentro de nosotros. 


Y entre todas esas cosas maravillosas que me regaló mi papá, hay una que hoy valoro profundamente: nunca intentó hacerme sentir menos de ser quien era. Jamás cuestionó mi forma de vestir, mi gusto musical, mi cuerpo, lo que quería estudiar o la mujer en la que quería convertirme. Nunca hubo un reproche de lo que me hacía feliz. Al contrario, siempre me hizo sentir libre para decidir, para elegir mi camino, para descubrirme sin miedo. Y aunque hubo heridas, también existe esta verdad:

gran parte de la mujer que hoy soy, nació de esa libertad que él me dio sin siquiera darse cuenta.

Por eso me gusta mirar la vida en retrospectiva, porque me recuerda que todo el proceso de terapia no ha sido en vano. Llegar hasta aquí me permitió entender que mi papá no fue ese superhéroe perfecto que muchas veces nos enseñaron a imaginar, pero sí fue un ser humano con el que compartí momentos inolvidables. También entendí algo más importante: que todo lo vivido, incluso lo difícil me ha expandido. Me ha hecho más grande, más valiente y más capaz de amar, de entender y de reconstruirme. 


Y quizás esa ha sido la lección más profunda de todas: en esta vida vinimos a aprender juntos, a equivocarnos juntos, a amarnos a nuestra manera, pero sobre todo nos encontramos en esta vida, para aprender a perdonarnos. Por eso hoy creo que el acto de amor más grande que puedo ofrecerle es el perdón, y espero que también sea el suyo hacia mí, por todas las veces que lo juzgué desde mi dolor, por los reproches que guardé durante años, por no haber visto antes que él también estaba aprendiendoa ser papá y yo a ser hija. Los dos llegamos aquí sin manual, haciendo lo mejor que podíamos.


Papá, gracias por no mostrarme una versión ficcionada de un papá, gracias por mostrarme la de un papá con errores, con defectos, un papá que también me ha enseñado a ser una hija compasiva, comprensiva y vulnerable. 


Me enseñaste algo que hoy considero invaluable: la libertad. Por eso, entendí que el amor no puede vivirse desde los celos, la desconfianza o el control, sino desde un lugar donde sigo siendo yo. Y aunque no me gusten las promesas, hay una que llevo años cumpliéndome: no volver a elegir nada que me aleje de esa libertad. De mis gustos, mis pasiones, mis sueños y de la mujer que soy. Porque entendí que el amor sano no exige que renuncie a mí, sino que me acompaña mientras sigo creciendo. 



Papá, sé que llegaste hasta acá. Así que, lo último que tengo por decirte en este escrito, es que espero que en todas las vidas que nos queden por vivir nos volvamos a encontrar para amarnos de nuevo, para volvernos a perdonar lo que haga falta y si tenemos un poco de suerte, para hacerlo mejor. 


Te amo papá, porque no hacerlo, sería no amar una parte de mí, esa parte que viene de ti.




Editado por: Juan Camilo Hernández



Para mi papá

 
 
 

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